Hay días en los que simplemente no te nace hacer lo que tienes que hacer. Días en los que lo único que te apetece es quedarte en la cama y no hacer absolutamente nada.
Poco se habla de esos días. De esos momentos en los que eres consciente de que podrías estar haciendo otras cosas "más productivas", pero tu mente simplemente te dice: hoy no.
Poco se habla de que, a veces, no te apetece hacer nada. Ni avanzar con tus proyectos, ni cumplir con esa lista interminable de tareas pendientes, ni siquiera hacer aquello que normalmente disfrutas.
Y no pasa nada.
Vivimos en una sociedad en la que parece que siempre tenemos que estar haciendo algo. Aprovechando el tiempo, cumpliendo objetivos, avanzando hacia nuestras metas. Como si detenernos por un momento significara estar perdiendo el tiempo.
Pero ¿realmente es así?
Es cierto que, para conseguir grandes cosas, no podemos depender únicamente de la motivación o de la fuerza de voluntad. Hay días en los que las ganas no acompañan y es precisamente ahí donde entra en juego la disciplina. Esa capacidad de seguir adelante incluso cuando no nos apetece.
Sin embargo, a veces, incluso siendo una persona disciplinada, llegan días en los que simplemente no te nace hacer nada. Y quizá lo más difícil de esos días no sea la falta de ganas, sino aceptar que también forman parte del camino.
Porque una cosa es dejar que la falta de ganas nos aleje constantemente de nuestros objetivos, y otra muy distinta es reconocer que no siempre tenemos la misma disposición para hacer las cosas.
Y creo que también debemos aprender a aceptar esos momentos.
No te sientas mal por esos días. No te martirices por ellos ni quieras hacer como si no existieran. Porque llegan, y seguirán llegando. Y tendrás que aprender a aceptarlos, afrontarlos y continuar.
Permítete sentirlos, vivirlos y darles su espacio. Pero tampoco olvides que, después de una pausa, hay un camino que retomar. Porque no se trata de tener ganas todos los días, sino de aprender a distinguir cuándo necesitamos descansar y cuándo necesitamos disciplina para seguir adelante.
Al fin y al cabo, ser disciplinado no significa exigirnos estar siempre al cien por cien. Significa aprender a ser constantes, incluso aceptando que habrá días en los que simplemente no nos nazca hacer nada.
Y recuerda: un día así no borra todo el camino recorrido
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