Isabel Vandy Reo
tiempo estimado de lectura : 13
06 Jul
06Jul

La diferencia entre aceptar una realidad y acostumbrarnos a lo que nunca debió parecernos normal

En nuestra sociedad, a menudo tendemos a confundir lo que es normal con lo que está normalizado. Estos dos conceptos, aunque pueden parecer similares, tienen diferencias clave que influyen profundamente en cómo entendemos el mundo y las decisiones que tomamos.

Este artículo tiene como objetivo explorar esas diferencias y reflexionar sobre cómo lo normal y lo normalizado afectan nuestras vidas, nuestras relaciones y nuestra percepción de la realidad.


Lo normal: un reflejo de las reglas y las normas

Lo normal es aquello que, en principio, se ajusta a las reglas y normas establecidas en una sociedad. Es el comportamiento, la práctica o la forma de hacer las cosas que, por lo general, se considera adecuada o aceptable según los valores y costumbres de la mayoría. 

Lo normal no necesariamente tiene una connotación positiva o negativa, sino que es un reflejo de lo que se ha considerado adecuado en un momento dado. 

Sin embargo, a medida que la sociedad evoluciona, al igual que las tendencias y las necesidades, ciertos aspectos se han ido repitiendo y consolidando tanto que han llegado a ser normalizados. Es decir, se aceptan como parte integral de la vida cotidiana, independientemente de si son apropiados o no.


Lo normalizado: más allá de lo repetido

Lo normalizado, por otro lado, es aquello que, aunque no siempre es lo que inicialmente se consideraba “normal”, ha sido aceptado por la mayoría debido a su repetición constante y a su adopción en la cultura o la sociedad. Aquí es donde reside la diferencia fundamental: lo normalizado no siempre tiene que ser lo más adecuado o lo más justo; simplemente, se ha vuelto tan frecuente y extendido que es aceptado sin cuestionamientos.

Es importante señalar que lo normalizado no siempre se trata de algo negativo; de hecho, muchas veces refleja avances y cambios que enriquecen nuestra sociedad. Un ejemplo claro de esto es el reconocimiento de diversas formas de familia o de relaciones afectivas. Durante mucho tiempo, se consideraba “lo normal” que una familia estuviera compuesta por un hombre y una mujer con hijos biológicos. Sin embargo, con el tiempo y gracias a la evolución de las necesidades sociales y a los avances científicos y tecnológicos, se ha normalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, la adopción y la inseminación artificial, entre otras formas de conformar una familia.

Este cambio no solo refleja la evolución de lo que entendemos por familia, sino también un paso hacia un mundo más inclusivo y respetuoso con las diversas formas de vivir el amor y la maternidad/paternidad. Lo normalizado, en este caso, refleja la adaptación de la sociedad a las necesidades de sus miembros y a los avances en la ciencia, creando un entorno que permite la libertad de elección y respeto a la diversidad.


Lo normalizado no siempre es positivo

Sin embargo, lo normalizado no siempre tiene connotaciones positivas. A veces, lo que se normaliza no tiene nada que ver con un avance o una mejora para la sociedad, sino con la aceptación de comportamientos que, aunque sean comunes, no son saludables ni justos. En estos casos, lo que está normalizado no es lo que realmente debería considerarse “normal”. El hecho de que algo ocurra con frecuencia no lo convierte en lo correcto.

Un claro ejemplo de esto son las actitudes de bullying y racismo. En muchos contextos, estas actitudes se han normalizado de tal manera que se ha llegado a aceptar que son parte de la interacción social, especialmente entre adolescentes o en ciertos grupos. Sin embargo, esto no las convierte en comportamientos aceptables. Lo que está mal, está mal, aunque la mayoría lo haga. Y lo que está bien, está bien, aunque solo una persona lo haga. 

No podemos permitirnos aceptar el daño a los demás simplemente porque sea algo frecuente o repetido. Como indica Nassim Nicholas Taleb en Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden, muchos de los problemas de la sociedad se deben al argumento de que "los demás también lo hacen”.


El engaño en las relaciones: un comportamiento normalizado

Otro ejemplo de lo que está mal normalizado es el engaño dentro de las relaciones amorosas. En la sociedad actual, existen muchas creencias que validan la idea de que “es normal” que las parejas se engañen, que, en algún momento de la relación, uno de los dos (o ambos) busque satisfacción emocional o física fuera de la relación comprometida. Este tipo de creencias están tan extendidas que han sido absorbidas por la cultura popular y se consideran “normales”. Sin embargo, debemos cuestionarlo.

Es cierto que muchas personas creen que sus parejas los engañarán en algún momento, pero eso no hace que el engaño sea algo normal. A lo largo de las conversaciones que he mantenido con diferentes personas, me he dado cuenta de que muchos dan por hecho que el engaño es parte inevitable de las relaciones. Pero la verdadera pregunta que debemos hacernos es: ¿debemos conformarnos con la idea de que la persona con la que estamos nos va a engañar en algún momento? Yo tengo claro que la respuesta es no. El hecho de que el engaño esté tan normalizado en la sociedad no hace que sea algo normal o aceptable. 

Como individuos, debemos aprender a poner límites claros en nuestras relaciones y exigir lo que realmente merecemos: respeto, honestidad y comunicación.

Si aceptamos el engaño solo porque está normalizado, estamos permitiendo que la deshonestidad forme parte de nuestras vidas. No podemos esperar un cambio positivo en la sociedad si nos conformamos con lo que está aceptado solo porque es “lo que siempre ha pasado”. El cambio comienza cuando cada uno de nosotros decide no aceptar lo que no va acorde con nuestros principios.


No es libertad de expresión, es falta de empatía

Vivimos en una sociedad donde muchas actitudes han sido normalizadas a tal punto que apenas nos detenemos a cuestionarlas. Aceptamos ciertas conductas como parte de la cotidianidad sin evaluar su impacto real en nosotros mismos y en los demás. Pero que algo sea común no significa que sea correcto o saludable.

Otro claro ejemplo de esto es la facilidad con la que las personas opinan sobre la vida de los demás —su físico, su forma de vestir, su piel, sus elecciones personales— sin detenerse a pensar en las consecuencias que esas palabras pueden tener. Criticar, juzgar o hacer comentarios no solicitados sobre alguien más se ha convertido en una práctica tan extendida que muchos lo ven como un simple ejercicio de “libertad de expresión”, sin considerar que detrás de cada opinión lanzada a la ligera hay una persona que puede verse afectada por ella.

Lo preocupante es que esta costumbre no solo se manifiesta en el ámbito personal o en redes sociales, sino que también se ha infiltrado en espacios como el periodismo y los medios de comunicación. Es común ver programas de televisión, titulares de revistas o publicaciones en internet que analizan con lupa el cuerpo, la apariencia y las decisiones de figuras públicas. Se comentan sus supuestos cambios físicos, sus elecciones de vestuario o incluso sus relaciones personales con una naturalidad que nos hace olvidar que, detrás de la imagen proyectada, sigue habiendo un ser humano con emociones.

Es aquí donde debemos detenernos a reflexionar: ¿hasta qué punto hemos normalizado la idea de que es aceptable opinar sobre la vida de los demás sin que nos lo pidan? ¿Cuántas veces hemos hecho o escuchado un comentario crítico sobre alguien más y lo hemos dejado pasar sin considerar su impacto?

La realidad es que sí, todos somos libres de expresarnos. Pero la libertad de expresión no significa decir lo que queramos sin responsabilidad. Cuando nuestra opinión pone en duda la dignidad, la autoestima o el bienestar de otra persona —y más aún si nadie nos ha pedido esa opinión— quizás lo más sensato sea guardárnosla. Porque una cosa es compartir un punto de vista cuando se nos solicita o cuando el contexto lo merita, y otra muy diferente es creer que nuestra percepción sobre el aspecto o las decisiones de alguien más debe ser expresada sin filtro ni sensibilidad.

Si algo no nos parece, si consideramos que alguien está haciendo algo diferente a lo que haríamos nosotros, podemos preguntarnos: ¿es realmente necesario que lo comente? ¿Estoy aportando algo positivo con mi opinión? ¿Cómo me sentiría yo si alguien dijera lo mismo sobre mí? Si la respuesta no es clara o si el comentario solo aporta negatividad, el silencio puede ser la mejor opción.

En la sociedad actual, nos hemos acostumbrado a hablar de la vida, el cuerpo y las elecciones de los demás como si fueran de dominio público. Pero, en lugar de invertir tanta energía en señalar lo que hacen o dejan de hacer los otros, quizás sea momento de enfocarnos en nuestra propia vida, en nuestro crecimiento personal y en aprender a practicar más la empatía. Porque lo que hoy es normalizado, no necesariamente es lo correcto. Y desaprender ciertas actitudes puede ser el primer paso para construir un entorno más sano y respetuoso.


REFLEXIÓN Y ACCIÓN RESPONSABLE

Debemos ser consistentes con lo que decimos y lo que hacemos, porque nuestras acciones definen quiénes somos y la credibilidad que tenemos como personas. Actuar siempre de acuerdo con nuestros valores no solo forja nuestro carácter, sino que también tiene un impacto profundo en los demás. Por eso, es fundamental practicar la responsabilidad afectiva: ser conscientes de cómo nuestras acciones pueden influir en las emociones y decisiones de los demás.

Es esencial recordar que no todo lo que está normalizado es realmente normal o positivo. Aunque muchas veces lo normalizado refleja un cambio o adaptación en la sociedad, en otros casos, es necesario cuestionar lo que aceptamos por costumbre o por lo que nos imponen las tendencias. La verdadera transformación llega cuando nos atrevemos a desafiar lo que está normalizado y actuamos en función de nuestros principios, para construir una sociedad que valore lo justo, lo respetuoso y lo verdadero.

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