Isabel Vandy Reo
tiempo estimado de lectura : 9
12 Oct
12Oct

A veces, pasamos tanto tiempo intentando controlar lo que sentimos que nos olvidamos de algo fundamental: sentir también forma parte de vivir.

Nos han enseñado, de una forma u otra, que debemos ser fuertes, mantener la calma y seguir adelante, incluso cuando algo nos duele. Como si mostrar tristeza fuera una señal de debilidad, sentir miedo nos hiciera menos capaces o reconocer nuestra ansiedad significara que no tenemos las cosas bajo control.

Pero ¿y si el problema no fuera lo que sentimos, sino la forma en la que hemos aprendido a relacionarnos con nuestras emociones?

Gestionar nuestras emociones no significa ignorarlas, reprimirlas o fingir que no existen. Significa aprender a reconocerlas, comprender qué hay detrás de ellas y decidir cómo queremos actuar. Porque no siempre podemos elegir lo que sentimos, pero sí podemos aprender a responder de una manera más consciente.

Todas las emociones tienen algo que enseñarnos

La película Inside Out 2 refleja muy bien esta realidad. A través de Riley, que se enfrenta a los desafíos propios de la adolescencia, vemos cómo las emociones influyen en nuestra forma de pensar, actuar y relacionarnos con los demás.

La tristeza, el miedo, la ansiedad o la vergüenza suelen ser emociones que preferiríamos evitar. Nadie quiere sentirse triste, experimentar incertidumbre o enfrentarse a situaciones que le hacen dudar de sí mismo. Sin embargo, intentar eliminar estas emociones no hace que desaparezcan; muchas veces, simplemente nos impide comprender qué nos están diciendo.

La tristeza, por ejemplo, puede ayudarnos a procesar una pérdida, aceptar que algo ha cambiado o reconocer que necesitamos apoyo. El miedo puede advertirnos de aquello que nos genera inseguridad, mientras que la ansiedad puede aparecer cuando intentamos anticiparnos a situaciones que escapan a nuestro control.

Esto no significa que todas las emociones tengan siempre un mensaje claro ni que debamos dejarnos llevar por ellas. Significa que merece la pena escucharlas antes de intentar silenciarlas.

Porque, a veces, detrás de una emoción que nos incomoda hay una necesidad que no estamos atendiendo, un límite que necesitamos establecer o una realidad que todavía nos cuesta aceptar.

No tienes que ser fuerte todo el tiempo

Uno de los errores que cometemos con frecuencia es confundir la fortaleza con la capacidad de soportarlo todo en silencio.

Nos exigimos seguir adelante, no preocupar a los demás y demostrar que podemos con cualquier situación. Y, mientras intentamos mantener esa imagen de fortaleza, dejamos de preguntarnos cómo estamos realmente.

Pero ser fuerte también significa reconocer que algo nos duele. Significa aceptar que hay días en los que no tenemos todas las respuestas, que algunas situaciones nos superan y que necesitamos tiempo para comprender lo que estamos viviendo.

No tenemos que convertir cada experiencia dolorosa en una lección inmediata ni encontrar siempre el lado positivo de las cosas. A veces, simplemente necesitamos permitirnos sentir, sin juzgarnos por ello.

La resiliencia no consiste en evitar el dolor, sino en aprender a atravesarlo sin perder de vista quiénes somos. Y en ese proceso, la autocompasión desempeña un papel fundamental: tratarnos con la misma comprensión que ofreceríamos a alguien a quien queremos, en lugar de castigarnos por no estar bien.

Aprender a aceptarnos también implica aceptar lo que sentimos

En muchas ocasiones, no solo nos cuesta gestionar una emoción, sino que también nos juzgamos por experimentarla.

Nos sentimos culpables por estar tristes, nos enfadamos con nosotros mismos por tener miedo o nos avergonzamos de sentir inseguridad. Como si, además de atravesar una emoción difícil, tuviéramos que reprocharnos el hecho de estar sintiéndola.

Sin darnos cuenta, convertimos una experiencia humana en una lucha contra nosotros mismos.

La autoaceptación empieza cuando dejamos de exigirnos ser una versión perfecta de quienes somos. Cuando comprendemos que nuestro valor no depende de tener siempre las cosas claras, de cumplir todas nuestras expectativas o de recibir la aprobación de los demás.

Aceptar nuestras emociones no significa justificar cualquier comportamiento ni resignarnos a aquello que nos hace daño. Significa reconocer nuestra realidad sin despreciarnos por ella, para poder decidir qué necesitamos cambiar y cómo queremos avanzar.

No siempre podremos controlar lo que ocurre a nuestro alrededor, lo que otras personas sienten o las decisiones que toman. Pero podemos trabajar en la forma en la que nos hablamos, en los límites que establecemos y en las decisiones que tomamos a partir de lo que vivimos.

Y eso también es una forma de amor propio.

Aprender a escucharnos es un trabajo diario

La gestión emocional no se aprende de un día para otro. Es un proceso que requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, honestidad con nosotros mismos.

A veces, empieza por detenernos unos minutos y preguntarnos qué estamos sintiendo. Otras veces, consiste en reconocer que estamos reaccionando desde el enfado, el miedo o la inseguridad, y darnos un espacio antes de actuar.

También implica aprender a expresar lo que nos ocurre, comunicar nuestras necesidades y pedir ayuda cuando la necesitamos. No tenemos que resolverlo todo por nuestra cuenta ni encontrar siempre las palabras adecuadas para explicar cómo nos sentimos.

Habrá momentos en los que nos resulte más fácil comprender nuestras emociones y otros en los que volveremos a reaccionar como antes. Eso no significa que no hayamos avanzado. Significa que seguimos aprendiendo.

Lo importante no es gestionar perfectamente cada emoción, sino desarrollar la capacidad de reconocerla, comprenderla y actuar de una manera más consciente, incluso cuando las circunstancias no son las que nos gustaría.

No se trata de dejar de sentir

A veces, creemos que alcanzar el equilibrio emocional significa dejar de sentir tristeza, miedo, ansiedad o cualquier otra emoción que nos haga sentir vulnerables. Pero quizá el verdadero equilibrio consista en dejar de vivir estas emociones como si fueran algo de lo que debiéramos avergonzarnos.

No podemos evitar todas las experiencias que nos duelen, ni controlar todo aquello que nos genera incertidumbre. Tampoco podemos exigirnos estar bien en todo momento.

Lo que sí podemos hacer es aprender a acompañarnos en esos momentos, escuchar lo que sentimos y recordar que una emoción no define quiénes somos.

Porque sentir tristeza no nos convierte en personas débiles. Sentir miedo no significa que seamos incapaces. Y atravesar una etapa difícil no borra todo lo que hemos aprendido ni todo lo que somos.

Aprender a gestionar nuestras emociones no consiste en sentir menos, sino en aprender a comprendernos mejor.

Y quizá ahí empiece una de las relaciones más importantes que construiremos a lo largo de nuestra vida: la relación con nosotros mismos.

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