Desde pequeños nos enseñan a hacer lo correcto. Nos hablan de normas, valores y principios que debemos respetar. Y tienen razón. Sin embargo, hay algo de lo que se habla mucho menos: que hacer lo correcto no siempre significa hacer lo adecuado
Con el paso de los años he aprendido que el contexto importa, y mucho, a la hora de tomar decisiones, expresar nuestra opinión y relacionarnos con los demás. Comprender esa diferencia puede parecer un detalle sin importancia, pero puede cambiar por completo la forma en la que actuamos y la calidad de nuestras relaciones.
La Real Academia Española define correcto como aquello que se ajusta a las normas o principios establecidos. Adecuado, en cambio, hace referencia a lo que resulta apropiado o conveniente para una situación concreta.
A simple vista parecen conceptos muy similares, pero no lo son. Lo correcto suele estar basado en reglas o principios generales. Lo adecuado, en cambio, depende del contexto, del momento y de las personas que tenemos delante. Y es precisamente ahí donde muchas veces nos equivocamos.
Vivimos pensando que si algo es correcto, automáticamente también será lo adecuado. Pero la realidad es que las circunstancias importan. No basta con preguntarnos qué deberíamos hacer; también debemos preguntarnos cuándo, cómo y con quién hacerlo.
Veamos algunos ejemplos.
El primero tiene que ver con la honestidad. Decir la verdad es lo correcto. La honestidad es uno de los pilares sobre los que se construyen las relaciones sanas. Sin embargo, no siempre es adecuado decir esa verdad de cualquier forma o en cualquier momento.
Imagina que un amigo o un familiar toma una decisión con la que no estás de acuerdo. Puede que tengas razón y que sientas la necesidad de decírselo. Sin embargo, hacerlo delante de otras personas probablemente solo consiga que se sienta avergonzado o atacado. En ese caso, lo correcto sigue siendo decir la verdad, pero lo adecuado sería esperar a estar a solas para mantener una conversación sincera, tranquila y desde el respeto.
Lo mismo ocurre durante una discusión. Muchas veces sentimos la necesidad de expresar inmediatamente nuestra opinión porque creemos que tenemos razón. Y quizá la tengamos. Pero no toda verdad necesita ser dicha en ese mismo instante.
Si nuestras palabras solo van a aumentar la tensión o no van a aportar nada positivo, quizá lo más inteligente sea esperar.
Saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio también forma parte de una buena comunicación.
Hay otro ejemplo que probablemente muchos hemos vivido. ¿Te ha pasado alguna vez que tus padres han querido corregirte y lo han hecho delante de otras personas?
Probablemente su intención era educarte o ayudarte a mejorar. Desde su punto de vista, corregirte era lo correcto. Sin embargo, hacerlo delante de familiares, amigos o incluso personas desconocidas podía hacerte sentir avergonzado, incómodo o poco valorado.
En muchas ocasiones, el problema no era la corrección en sí, sino el momento y el lugar elegidos para hacerla. Seguramente el mismo mensaje habría tenido un efecto mucho más positivo si hubiera llegado más tarde, cuando estuvierais solos y ambos pudierais hablar con calma.
La vida no nos pone delante situaciones idénticas. Cada persona tiene una historia, unas emociones y unas circunstancias diferentes. Por eso no siempre basta con preguntarnos qué es lo correcto. También deberíamos preguntarnos: ¿qué necesita realmente esta situación? A veces la respuesta será hablar. Otras veces será escuchar. A veces será actuar inmediatamente. Y otras, simplemente esperar.
Actuar de forma adecuada no significa renunciar a nuestros principios. Significa aplicar esos principios con inteligencia, empatía y sensibilidad hacia las personas que tenemos delante.
No todo puede reducirse a un conjunto de reglas. Las relaciones humanas son mucho más complejas. El contexto, las emociones, el momento y la forma en la que hacemos las cosas también importan.
Por eso creo que una de las habilidades más valiosas que podemos desarrollar es aprender a equilibrar lo correcto con lo adecuado. Tener principios es importante, pero también lo es saber cómo aplicarlos en cada situación.
Al final, la vida no consiste únicamente en hacer lo correcto. También consiste en saber cuándo, cómo y con quién hacerlo. Porque una misma acción puede fortalecer una relación o dañarla por completo dependiendo del momento en que se lleve a cabo. Actuar correctamente demuestra principios, pero actuar adecuadamente demuestra sabiduría.
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