Vivimos rodeados de tendencias, expectativas y opiniones que, muchas veces sin darnos cuenta, terminan diciéndonos cómo deberíamos ser, cómo deberíamos vestir, cómo deberíamos vernos, qué deberíamos conseguir, cómo deberíamos vivir.
Desde pequeños aprendemos, de una forma u otra, que pertenecer es importante. Que encajar nos hace sentir seguros. Que ser aceptados por los demás puede hacernos sentir que estamos haciendo las cosas bien. Y así, poco a poco, podemos terminar alejándonos de algo tan sencillo —y a la vez tan difícil— como ser nosotros mismos.
Nos comparamos, buscamos aprobación, nos preocupamos demasiado por lo que otros puedan pensar. Y, sin darnos cuenta, empezamos a medir nuestro valor en función de la aceptación que recibimos. Pero ¿qué ocurre cuando dejamos de recibirla?
Querernos no debería depender de cuántas personas nos quieran, de cuántos logros acumulemos o de cuánto nos acerquemos al ideal que alguien más ha construido para nosotros.
El amor propio no es un lujo ni una cuestión de ego. Es aprender a tratarnos con respeto incluso cuando no estamos orgullosos de nosotros mismos. Es reconocer nuestro valor incluso cuando cometemos errores. Es saber que podemos mejorar sin tener que despreciar quiénes somos hoy.
Aceptarnos no significa pensar que no tenemos nada que cambiar. Significa entender que nuestro valor no desaparece mientras estamos creciendo
Y creo que ahí está una de las mayores dificultades: queremos convertirnos en nuestra mejor versión, pero a veces confundimos mejorar con dejar de ser quienes somos.
Queremos cambiar nuestro cuerpo, nuestra personalidad, nuestra forma de hablar, nuestra vida, nuestros errores del pasado… como si solo pudiéramos querernos cuando finalmente consigamos convertirnos en esa persona que imaginamos que deberíamos ser. Pero quizá no tengamos que esperar hasta entonces.
Recuerda lo siguiente:
Eres tu historia, tus valores, tus decisiones, tus aprendizajes, tus esfuerzos, todo aquello que has superado y también todo aquello que todavía estás aprendiendo. Somos personas en construcción
Y aceptar eso puede cambiar mucho la forma en la que nos relacionamos con nosotros mismos. Porque cuando dejamos de buscar constantemente la validación fuera, empezamos a escuchar un poco más lo que ocurre dentro.
Dejamos de preguntarnos “¿les gustará?” para empezar a preguntarnos “¿me representa?”
Dejamos de intentar encajar en todos los lugares y empezamos a entender que no todos los lugares están hechos para nosotros.
Y, sobre todo, dejamos de convertir la comparación en una medida de nuestro valor.
Quererte también es elegirte
El amor propio no consiste en mirarte al espejo todos los días y sentir que todo te gusta de ti.
Y eso también forma parte del proceso. Quererte es aprender a acompañarte en esos días. Es hablarte con la misma paciencia con la que hablarías a alguien que quieres. Es permitirte equivocarte sin convertir un error en una definición de quién eres. Es darte permiso para descansar, para empezar de nuevo y para reconocer que no tienes que tenerlo todo resuelto.
El amor propio no es algo que alcanzamos de una vez y para siempre. Es una elección que hacemos una y otra vez, especialmente en aquellos momentos en los que más nos cuesta elegirnos.
No tienes que ser perfecto para ser valioso
Durante mucho tiempo podemos pensar que primero tenemos que conseguir ciertas cosas para sentirnos orgullosos de nosotros mismos:
Como si nuestro valor estuviera esperando al otro lado de todos esos objetivos. Pero no funciona así.
Puedes querer mejorar y, al mismo tiempo, quererte tal y como eres hoy.
Puedes tener metas y seguir sintiéndote suficiente.
Puedes reconocer tus defectos sin convertirlos en motivos para rechazarte.
Puedes querer cambiar algunas cosas de ti sin sentir que necesitas convertirte en otra persona para merecer amor. Porque no se trata de alcanzar la perfección. Se trata de aprender a vivir en paz con quien eres mientras sigues creciendo.
Y quizá una de las formas más bonitas de hacerlo sea recordar que no tenemos por qué ser nuestros propios jueces durante toda la vida. Podemos ser también nuestro refugio, nuestra compañía, nuestro apoyo.
Me quiero y me acepto como soy
Tal vez necesitemos recordárnoslo más a menudo. No porque todos los días vayamos a sentirlo con la misma intensidad, sino porque hay demasiadas voces ahí fuera intentando convencernos de que todavía nos falta algo para ser suficientes.
Por eso, de vez en cuando, mírate al espejo.
No para buscar aquello que cambiarías.
No para compararte.
No para encontrar defectos.
Simplemente mírate.
Y recuerda todo lo que has vivido para llegar hasta aquí. Todo lo que has aprendido, todo lo que has superado, todo lo que todavía estás construyendo.
Y repítelo:
Me quiero y me acepto como soy.
No porque sea perfecta.
No porque haya dejado de tener cosas que mejorar. Sino porque entiendo que no necesito ser perfecta para quererme.
Porque merezco ser mi mejor compañía.
Porque merezco estar de mi lado.
Y porque, al final, hay una persona con la que voy a pasar toda mi vida.
Yo.