La zona de confort a veces puede ser un poco perra. Y perdonad por la expresión, pero es que hay ocasiones en las que nos limita mucho más de lo que imaginamos. Nos mantiene en lo conocido, en aquello que dominamos, y nos impide experimentar, descubrir y ver más allá de lo que estamos acostumbrados.
¿Hacer un viaje sola? ¿Viajar durante varias semanas con personas que no se conocen entre sí? ¿Visitar ese destino al que llevas tanto tiempo queriendo ir, pero que no te atreves a conocer por todo lo que supone? ¿Decirle a esa persona que te gusta? ¿Salir de esa relación, amistad o trabajo que ya no te aporta, pero en el que sigues porque no sabes qué vendrá después?
Y así podría seguir.
Hay muchas situaciones en las que sabemos lo que queremos hacer, pero algo nos frena. A veces son las circunstancias, otras nuestras propias inseguridades y, en ocasiones, las opiniones de quienes nos rodean.
Porque sí, las razones pueden ser muchas. No todo se reduce al miedo a lo desconocido. Pero, si somos sinceros con nosotros mismos, ¿cuántas veces hemos utilizado una excusa para no enfrentarnos a algo que, en el fondo, nos asusta?
El miedo, al fin y al cabo, es una respuesta natural de nuestro organismo. Nos alerta ante posibles peligros, nos prepara para reaccionar y nos ayuda a protegernos. Es esa señal que nos dice: cuidado, esto es diferente. No sabes qué va a pasar.
Y tiene sentido. Nuestro cerebro prefiere aquello que conoce porque puede anticipar lo que sucederá. Lo desconocido, en cambio, implica incertidumbre.
Pero ¿desde cuándo la incertidumbre significa necesariamente que algo vaya a salir mal? No todo lo que nos resulta desconocido es una amenaza. A veces, simplemente, es una experiencia que todavía no hemos vivido
Piensa en esto.
Le cuentas un plan a alguien y, antes de que hayas terminado de explicarlo, ya te está enumerando todo lo que puede salir mal. Que si es demasiado arriesgado, que si no es el momento, que si yo no lo haría, que si deberías pensártelo mejor…
Y, ojo, no siempre está mal escuchar esas opiniones. A veces, desde fuera pueden ver cosas que nosotros no vemos. Quizá esa persona te esté señalando un riesgo real que merece la pena considerar. Escucharla puede ayudarte a prepararte mejor y a tomar una decisión más consciente.
El problema aparece cuando dejamos que los miedos de los demás se conviertan en los límites de nuestra propia vida.
Porque una cosa es que alguien te ayude a ver los posibles inconvenientes de una decisión y otra muy distinta es que pretenda convencerte de que no merece la pena intentarlo simplemente porque esa persona no lo haría.
Y aquí es donde creo que debemos aprender a diferenciar entre escuchar una opinión y vivir condicionados por ella.
No todo el mundo tiene que entender tus decisiones. Tampoco tiene que compartir tus planes, tus prioridades o tu manera de ver la vida
Cada persona tiene sus circunstancias, sus experiencias y sus propios motivos para actuar como lo hace. Y eso también merece respeto.
Pero el respeto debe funcionar en ambas direcciones.
No necesitas que los demás compartan tu visión para permitirte vivir la tuya
Soy de las que piensan que no podemos saber con certeza cómo saldrá algo hasta que lo intentemos. Podemos informarnos, valorar los riesgos, escuchar consejos y prepararnos todo lo que queramos. Pero siempre habrá una parte que no podremos controlar.
Y quizá ahí esté precisamente el reto: aceptar que no podemos tener garantías de todo antes de dar un paso.
Eso tampoco significa lanzarnos a ciegas ni ignorar las señales de alerta. Hay decisiones que requieren tiempo, planificación y sentido común. Hay riesgos que no merecen la pena y circunstancias en las que dar un paso atrás es lo más sensato.
Pero también hay ocasiones en las que, después de analizarlo todo, seguimos sin atrevernos. No porque no podamos hacerlo, sino porque nos incomoda la posibilidad de que las cosas no salgan como esperamos.
Y entonces me pregunto:
¿Cuántas experiencias dejamos de vivir por intentar evitar cualquier posibilidad de equivocarnos?
Volvamos al principio.
Imagina que llevas tiempo queriendo hacer un viaje al otro lado del planeta. Que, por fin, decides organizarlo y reunir a personas con las que te gustaría compartir esa experiencia. Algunas se conocen, otras no tanto, pero todas tienen algo en común: les interesa la idea de vivir esa aventura contigo.
Y, de repente, alguien te dice que viajar durante tanto tiempo con personas que no se conocen entre sí es demasiado arriesgado.
¿Puede tener razón en algunas de sus preocupaciones? Por supuesto. Viajar con otras personas requiere adaptación, comunicación y capacidad para gestionar las diferencias. No todo el mundo tiene el mismo ritmo, los mismos intereses ni la misma forma de organizarse.
Pero ¿significa eso que la experiencia vaya a salir mal? No necesariamente.
Quizá funcione de maravilla. Quizá surjan desacuerdos. Quizá descubras que con algunas personas conectas más que con otras. Incluso puede que aprendas cosas sobre ti misma que no habrías descubierto de otra manera.
No lo sabes todavía.
Y precisamente por eso, en lugar de dar por hecho que no funcionará, puedes organizarte, hablar de las expectativas, acordar presupuestos y asegurarte de que cada persona tenga claro qué espera del viaje.
Es decir, puedes prepararte para lo desconocido sin renunciar a descubrirlo.
Porque, al final, esa es la cuestión. No se trata de ignorar las dificultades, sino de no convertir cada dificultad potencial en una razón para detenernos.
Si quieres hacer ese viaje, hazlo. Si quieres cambiar de trabajo, estudia tus opciones. Si necesitas salir de una relación que ya no te hace bien, reflexiona sobre ello y toma las decisiones que correspondan. Si quieres probar algo diferente, permítete explorar esa posibilidad.
Y si después de pensarlo decides que no es para ti, también está bien.
Lo importante es que la decisión nazca de lo que realmente quieres y de tus circunstancias, no únicamente del miedo a lo que podría pasar o de lo que otros consideran que deberías hacer.
Porque hay una diferencia enorme entre decidir que algo no es para ti y renunciar a ello porque no te atreves a descubrirlo.
A veces, la mayor barrera no es lo que tenemos delante, sino todo lo que imaginamos que podría salir mal.
Y mientras tanto, la vida sigue pasando.
Así que, la próxima vez que algo te ilusione, pero también te asuste, quizá merezca la pena hacerte dos preguntas:
¿Qué es lo peor que podría pasar si lo intento?
Y, más importante aún, ¿qué podría perderme si nunca lo hago?
No siempre tendrás que dar el paso. Pero al menos habrás tenido la oportunidad de decidir por ti misma.
Porque, como dice esa frase que tantas veces hemos escuchado:
Un barco está seguro en la orilla, pero no fue creado para permanecer en ella.
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