Isabel Vandy Reo
tiempo estimado de lectura : 7
17 Aug
17Aug

Todo lo que eres o serás es cosa tuya; y el único límite real de lo que puedes llegar a ser, a hacer y a tener es el tú pongas en tu imaginación. Tendrás el control de tu destino si te haces cargo de tus pensamientos, palabras y acciones desde hoy mismo. —Brian Tracy

Muchas veces pensamos que nuestras limitaciones vienen de fuera. De nuestras circunstancias, de nuestras capacidades, de nuestra situación o incluso de lo que otras personas esperan de nosotros.

Pero, ¿cuántas veces el límite no está realmente ahí fuera, sino dentro de nuestra propia mente? 

Lo que creemos de nosotros mismos influye mucho más de lo que pensamos en la forma en la que vivimos. Si estás convencido de que no eres capaz de desarrollar una habilidad, de conseguir algo o de desempeñar determinada actividad, probablemente actuarás en consecuencia. Y no porque realmente no puedas, sino porque has empezado a comportarte como si no pudieras.

Cuando te repites constantemente “no puedo”, “no soy suficiente”, “eso no es para mí” o “nunca lo conseguiré”, esas palabras dejan de ser simples pensamientos. Poco a poco, empiezan a convertirse en una forma de verte a ti mismo. Y cuando cambia la forma en la que te ves, también cambia la forma en la que actúas.

La manera en la que pensamos condiciona nuestras decisiones. Si constantemente nos enfocamos en los obstáculos, en lo que podría salir mal o en todo aquello que creemos que no podemos hacer, es más fácil que terminemos buscando razones para no intentarlo.

En cambio, cuando empezamos a preguntarnos qué podemos hacer, qué podemos aprender o cómo podemos mejorar, nuestra atención cambia.

No significa ignorar las dificultades ni convencernos de que todo será fácil. Significa dejar de asumir que una dificultad es, automáticamente, un límite. Como bien dice Brian Tracy, “las peores creencias son las que te limitan”.

Y quizá lo más peligroso de estas creencias es que no siempre somos conscientes de que las tenemos. Algunas las hemos construido nosotros mismos. Otras las hemos aprendido de nuestra familia, de nuestro entorno, de nuestras experiencias, de nuestros fracasos o incluso de las expectativas que otras personas tenían sobre nosotros.

Con el tiempo, una frase que alguien dijo una vez puede convertirse en una creencia. Un fracaso puede convertirse en “no soy capaz”. Una comparación puede convertirse en “no soy suficiente”. Un rechazo puede convertirse en “no me elegirán”.

Y una vez que empezamos a creerlo, podemos terminar actuando para demostrar que teníamos razón.

Ahí es donde una creencia se convierte en un límite. Porque las creencias negativas, cuando se repiten durante suficiente tiempo, pueden afectar a nuestra autoestima, a nuestras decisiones y a la forma en la que interpretamos lo que nos sucede.

Podemos empezar a menospreciar nuestros logros, a restarle importancia a aquello que hacemos bien, a compararnos constantemente o incluso a autosabotearnos antes de haberlo intentado.

Y lo más curioso es que, muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta.

Pensamos que estamos siendo realistas cuando, en realidad, simplemente estamos repitiendo una historia que llevamos demasiado tiempo contándonos.

Pero aquí está la parte que más me gusta recordar: las creencias pueden cambiar.

No todo lo que piensas sobre ti es una verdad. Una creencia es una interpretación que has aceptado como cierta. Y si en algún momento aprendiste a pensar de una determinada manera, también puedes aprender a hacerlo de otra. Por eso, quizá antes de decir “no puedo”, podrías preguntarte:

  • ¿Quién me enseñó a pensar así?
  • ¿De dónde viene esta creencia?
  • ¿Realmente es cierto que no puedo?
  • ¿Qué pruebas tengo de que esto es así?
  • ¿Esta creencia me impulsa o me frena?
  • ¿Qué haría si no tuviera miedo a equivocarme?
  • ¿Qué pasaría si, en lugar de decir “no puedo”, dijera “voy a intentarlo”?

No se trata de repetir frases positivas delante de un espejo y esperar que nuestra vida cambie. Se trata de empezar a cuestionar aquello que hemos dado por hecho durante demasiado tiempo. Porque quizá el problema no es que no tengas capacidad. Quizá es que todavía no te has permitido descubrir hasta dónde puedes llegar. Y quizá ese es el verdadero límite: no aquello que todavía no has conseguido, sino aquello que has decidido que no puedes conseguir.

No todo depende de nosotros. Hay circunstancias que no podemos controlar, puertas que no se abrirán, personas que no nos elegirán y situaciones que escaparán completamente de nuestras manos. 

Pero sí podemos decidir qué hacemos con aquello que está bajo nuestro control:

  • Nuestros pensamientos.
  • Nuestras palabras.
  • Nuestras decisiones.
  • Nuestras acciones.

Y también la historia que elegimos contarnos sobre nosotros mismos.

Todo lo que eres y serás no depende únicamente de ti, pero la forma en la que decides enfrentarte a lo que tienes delante sí puede cambiar muchas cosas.

Por eso, quizá hoy sea un buen momento para preguntarte:

¿Qué límite estoy aceptando como real cuando, en realidad, podría ser una creencia?

Tal vez no necesites tenerlo todo claro. Tal vez tampoco necesites sentirte preparado. Quizá solo necesites dejar de decirte que no puedes antes de haberlo intentado. Porque a veces, para descubrir que somos capaces de mucho más, primero tenemos que atrevernos a cuestionar aquello que creíamos imposible.

Y recuerda: 

No eres tus límites.

No eres tus miedos.

No eres aquello que todavía no has conseguido.

Y, sobre todo, no tienes por qué convertir en una verdad todo aquello que tu mente lleva años repitiéndote.

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